miércoles, 2 de marzo de 2016

Todo me hace Mal (Edición corregida y recopilada)

 Consideraste tu suicidio un regalo. El revólver que tenías en tus manos era calibre 32, suficiente (eso esperabas) para morir de un único disparo. Estabas embelesado ante su poder destructivo, que, decidiste probar disparando  a las tres ventanas de tu habitación. Se escucharon gritos afuera, de dolor y de susto.
Vos también gritaste al oír que subían las escaleras para detenerte. Te pusiste de rehén, tu propio rehén, aun gritabas. Alivio y presión, explotarías. Tu familia gritaba, todos gritaban pidiendo auxilio, ambulancias, médicos, pastillas, no te mueras, no te mates, no meremos esto, cállense no entienden nada.
Hiciste oídos sordos a sus ruegos y situaste el revolver en tu sien pero estaba frio, así que calentaste rápidamente la punta del cañón con las mangas de tu suéter, blanco y manchado de sangre, sublime. Nunca paraste de gritar, todo amenazas, no se muevan o me mato, cállense, no me jodan. Hiciste silencio, esos que se hacía llamar tu familia bajaron el tono de voz pensando que habías entrado en razón entonces le diste play a tu equipo de música y una vez le subiste el volumen al máximo proferiste tu último grito de protesta y disparaste gozoso.

Tardaste unas 7 u 8 horas en conseguir el arma. Te despertaste más temprano de lo usual para ganar tiempo y aparentando querer llegar temprano por una vez desde que te habías ganado su confianza para ir solo a la escuela.  Una vez fuera te desviaste del camino hacia donde te dijeron que nunca fueras. Mirabas para todas partes, más paranoico de lo normal pero no pasaba nada. En la mochila llevabas algo fundamental para alcanzar tu objetivo.
Usando toda tu determinación preguntaste por todas partes y cada vez te mandaban más adentro hasta que te encontraste a dos adolescentes apenas mayores con los que había contactado alguien con quien hablaste antes.
Te miraron, apenas un vistazo, después de todo no había nada importante que ver y desdeñosos te ofrecieron un cigarrillo, no fumabas pero lo aceptaste. El cigarrillo siguió apagado por unos 15 minutos mientras caminaban por angostas callejuelas entre edificios y chozas deterioradas. Cuando se giraron a ver si los seguías y les recriminaste que el cigarrillo estaba apagado levantándolo hasta que lo tuvieron frente a los ojos accedieron a encenderlo.
Le diste un pitada larga, simplemente asqueroso,  y soltaste el humo lentamente bajo su atenta mirada. Satisfechos se dieron vuelta y siguieron caminando y pateando la basura desperdigada por el suelo. Apagaste la toxina en el dorso de tu mano como si estuvieras pintado con acuarelas  pero nunca hubieras pensado que doliera tanto y aguantaste un grito. Lo tiraste al piso y terminaste de apagarlo de un pisotón.

La mujer que abrió la puerta vestía camisa y jeans y su largo y sedoso pelo negro caía suelto sobre su hombro izquierdo. Le calculaste unos 27 años. Te invitó a pasar y con un gesto de cabeza despidió a tus acompañantes. Te miraba con un sentimientos en los ojos que nunca lograste descifrar, aunque por un momento pensaste que la conocías eso no podía ser posible. No querías lucir apurado pero sin poder evitarlo preguntaste por el arma. La mujer ignoró tu pregunta como si hubiera notado la contradicción en tus palabras y te ofreció algo para tomar, tenías algo de sed y el sabor del tabaco persistía en tu boca por lo que no se lo negaste. No insististe en el tema.
Te sirvió un vaso y de agua y te ofreció asiento. Te sentaste y ella se sentó también, mas cerca de lo que nadie se había sentado en los últimos tiempos, llevaba un rico perfume. No te moviste, su cercanía no te molestó, cosa que te sorprendió, ya que la cercanía corporal de extraños era lo que más rehuías. Te preguntó tu nombre y se lo dijiste rápidamente para poder preguntarle el suyo.
Se levantó de tu lado y caminó seductoramente hasta una puerta que llevaba a otra habitación, se apoyó en el marco y después de responder a tu pregunta cuestionó el que pudieras comprar ese revólver, en seguidilla, abriste tu mochila y alzándola le mostraste lo que había adentro.

El arma no tardó en aparecer, no tardaste en entregar el contenido de tu mochila y ella no tardó en echarte de allí. Los dos adolescentes de antes te interceptaron cuando doblaste a la esquina del edificio y exigieron su parte, no habían dicho nada de eso antes. Ya no te quedaba nada de valor, solo balas y pólvora y no pensabas matarlos. No era una opción.
Dijiste la verdad, esperando lo peor. Se rieron y se encogieron de hombros antes de empujarte para que empieces a caminar y te escoltaron hacia el lugar donde se habían encontrado antes. Apenas iban unos pasos detrás, cosa que si te descuidabas te pisaban los talones.
Cuchicheaban, algo maligno, malpensaste, y no hiciste más que acelerar el paso intentando alejarte de ese destino imaginario. La paranoia estaba envolviéndote de nuevo. Sin dejar de caminar respiraste hondo varias veces y como eso no hizo ningún cambio te clavaste las uñas en la palma de las manos. Te pisaron los talones, te detuviste si darte cuenta. ‘Demasiada presión, demasiada presión’.

Al salir de ese maldito barrio en lo único que podías pensar era en tomarte unas cuantas pastillas. 1, 2, 3, no, 2 y media. Buscaste un baño publico y te las tragaste con un trago de agua de la canilla y te lavaste las manos con furiosamente ya que el efecto no era inmediato.
De pronto se sentiste tentado de manchar el baño con un poco de sangre, con objeto de sentirte algo mejor y generar algo de terror.  Sacaste la navaja, nueva y filosa. Te arremangaste hasta el codo y abriste la navaja, ansioso. ¿De verdad te querés morir? Apoyaste el filo sobre tu piel e hiciste el primer corte con delicadeza. Si, si que quiero morir. La sangre tardaba en salir pero no la espérate y cortaste cada vez más fuerte y profundo a medida que subías desde la muñeca hasta mitad del antebrazo. Apretabas continuamente alrededor de las heridas con la intención de que salga suficiente sangre para manchar las piletas, querías que chorreara sobre la blanca losa.
Todo iba bien hasta que entró alguien e interrumpió el proceso. Afortunadamente no gritó, solo se tapó la boca y salió del baño tan rápido como había entrado, lo viste a través del espejo. Ceremonia arruinada, plan arruinado. Cerraste la navaja y sacudiste un poco el brazo, la docena de cortes sangraban lo suficiente como  para manchar el lugar si lo agitabas con ganas pero no lo hiciste, ya te habían visto. Sacaste gasas y cinta de tu mochila y te vendaste el brazo con maestría. Guardaste tu mano derecha en un bolsillo para que no se vea la sangre que la manchaba.

Te duele, Te arde. NO importa, no importa.
Vas a acabar con todo. 

Volver a casa fue difícil. No querías ver a nadie ni querías que nadie te vea. De seguro todos estarían en casa esperando tu llegada para preguntarte si habías tomado lo que tenías que tomar, si no te había pasado nada en la escuela y esas cosas que se le preguntan a un suicida con la “suerte” de tener una familia que se “preocupa” por él (después del acto, antes ni hablar).
Sacaste la llave de tu mochila y abriste la puerta sigilosamente intentando vanamente que no se den cuenta de tu llegada. Dejaste las zapatillas en la entrada, norma de la casa. Te sacaste la mochila y entraste aún con la esperanza de que no te hayan oído. Te interceptaron antes de que puedas subir a tu cuarto, como si supieran lo que ibas a hacer. Contuviste la respiración cuando tu madre te dio la bienvenida y te avisó de que en un rato iban a empezar a cocinar y que si querías ayudarles. Le respondiste que tenías cosas que hacer, que pondrías la mesa antes de comer.
Acto seguido subiste a tu cuarto y ella se fue a la cocina a seguir cocinando junto a tu hermano. Te contuviste de abrir la puerta de una patada pero con eso solo lograrías que tu madre o quien sea suba corriendo a ver qué pasaba y luego no te saque la vista de encima. La palabra libertad no significaba nada si estabas dentro de la casa, ya te había sacado una de las tantas pastillas que impedían que estés lucido del todo pero su libertad te seguía resultando mierda, a ellos les parecía perfecto.


Cerraste la puerta a tu espalda y respiraste hondo, exasperado. La vez anterior habías fallado y te ingresaron, fue horrible y solo te dio más ganas de morir y por si fuera poco también prender fuego ese lugar. Hiciste de todo para que te suelten y lo lograste sacrificando todos los filos que tenías escondidos, fingiendo bienestar y que querías ver a tu familia. Eran todos tan estúpidos, solo había que fingir que te sentías como ellos necesitaban que te sientas y ya creían que estabas bien. Tus dotes de actor te sirvieron como nunca pensaste que lo harían.
En dos pasos llegaste hasta tu cama y te dejaste caer panza abajo sobre esta, aun sosteniendo la mochila con una mano. La soltaste y se escuchó el ‘clac’ del revólver contra el suelo. Esa mierda que acabaría con tu fingida angelical vida. El ángel que terminaría con esa vida de mierda.
Te deslizaste de la cama hasta que tus rodillas tocaron el suelo, las manos como garras, agarrándose de las mantas y arrastrándolas hacia abajo. ¿Y si fallabas de nuevo?  Te encerrarían para siempre. A los 17 años encerrado en un psiquiátrico por haber querido irse.  ¿Acaso matarse estaba prohibido? No que sepas.

Con el dedo en el gatillo, cargaste y disparaste.
Todo estaba listo. Un disco cargado de screamos, la recopilación de tus canciones favoritas. Y la carta… escrita en donde debería ir cada uno de los nombres de las canciones recopiladas, dudabas de que vayan a encontrarlo alguna vez pero no te importaba demasiado. Desordenaste tu cuarto con extremo cuidado y armaste tu cama impecablemente. Cerraste las cortinas y dejaste la mochila en el medio de todo el desastre, sobre un pedestal, para que se enteren que gracias a ellos habías comprado tu muerte.
Cargaste de nuevo. En una de tus manos sostenías el control remoto del equipo de música. Disparaste. Se oyeron los apresurados pasos en la escalera. Los vidrios cayeron al suelo y la cortina se ondeó.
Empezaron a gritar. Disparaste de nuevo, gritando. Más vidrio.

El disco empezó a girar sobre su eje, dándole fin al acto. 

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Vaya vaya, todo me hace mal finalmente corregido. Espero que les guste mas que antes o que lo odien mas que antes. Su decisión.
Voy a decirles que todos esos proyectos de los que les hablaba se fueron a la re mierda porque no logro desarrolarlos a pesar de lo buena que me parece a mí la idea... saludos...

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