viernes, 1 de abril de 2016

Gas de cocina.

Solo querés gritarles, solo querés morirte, pero no podes. No podes escapar, no podes exigir, solo te queda soportarlo,  que,  es lo que venís haciendo hace meses. Ya te cansaste de aguantar. No vas a mantener esa sonrisa más tiempo.
No vas a permitir más ese abuso y el tener que fingir bienestar hacia gente a la que ni siquiera le importa y que te lo pide para carcajearse de lo dócil que podes llegar a ser. Vas a terminar con esto cuanto antes.
Estabas maquinando tu plan cuando un hombre mayor te apretó el hombro fuertemente y te llevó hasta su habitación. Te tumbó sobre la cama y el acto empezó. Cerraste los ojos y una vez más sentiste el agudo dolor de la profanación. No sería el último de esa noche pero si sería la última vez en mucho tiempo.
Te mandaron a calentar la comida que habían pedido por delivery  y eso hiciste, cenaron y después de procurarte una vez más te dejaron en paz. Tenés terminantemente prohibido intentar escapar o llamar la atención de cualquier manera y mal que conoces el castigo por romper las reglas, al único lugar al que te dejan salir es a un pequeño balcón completamente enrejado y tenés aprendido que gritar por ayuda no es nada útil. Bajaste a la cocina una vez estuvieron todos dormidos y silenciosamente, por primera vez en meses, te preparaste algo para cenar que no fueran sobras. Un vez hubiste cenado dignamente dejaste las cuatro hornallas y el horno prendidas con el gas al máximo.
Rápidamente recolectaste unos cuantos almohadones y mantas y saliste al balcón a intentar dormir pero no pudiste pegar ojo del nerviosismo y la incertidumbre sobre la efectividad de lo que acababas de hacer y que podrían hacerte en caso de que alguno sobreviviera. Sonó el despertador a las siete de la mañana siguiente y no se oyeron quejas ni movimiento en ninguna de las dos plantas.
Entreabrís una rendija en la puerta y una vaharada de gas te da en la cara. Decidís entrar pero antes te apartas de la rendija y llenas tus pulmones de aire, te pones un almohadón sobre la nariz y la boca y abrís toda la puerta corrediza en un solo movimiento. El gas te calienta el cuerpo. Corres hasta la cocina lo más rápido que podes y cerras la llave de gas. Procedes a prender el extractor y a abrir todas las ventanas que encontrás. Se te está acabando el aire, volvés corriendo hacia el balcón y cerras la puerta, haces memoria de donde hay más ventanas y tomando aire volvés al ataque. Eso te tomó casi una hora y te dejó fuera de combate por un buen rato. Imaginaste que tomaría al menos unas tres horas o más en vaciarse lo suficiente de gas como para que pudieras entrar al menos unos minutos. Hiciste unas dos incursiones más para llevarte un poco de comida y agua a tu refugio provisorio.
Y ahora que lo pensás… acabás de asfixiar a siete personas con gas de cocina… un crimen premeditado, un homicidio múltiple… Pero, le hiciste un favor al mundo matando a toda esa gente, no tienen por qué arrestarte, tu acto es justicia ante gente tan injusta y corrupta como esa. Además lo merecían después de hacerte tanto daño. No te arrepentís de nada, de nada referido a  esta acción, porque fuera de eso, te arrepentís de tantas cosas.
Despidiéndote de tus pensamientos observaste la hora que marcaba el televisor que habías dejado prendido para eso. Ya habían pasado unas dos horas y entre las mantas te estaba dando sueño así que dormiste y cuando despertaste había pasado unas seis horas más.
La casa ya no olía a gas así que aprovechaste para ir al baño y husmear en las habitaciones en busca de alguna llave de salida, y no fue tan difícil encontrarla, lo que fue difícil fue entrar a esas habitaciones sin que suba el vómito. Tras varios intentos te haces con la llave y buscas la puerta de salida.
Y ahí está, la puerta de salida de ese infierno, los siete príncipes demoníacos están muertos y vos sos libre. Introducís la llave en la cerradura y la giras hacia la derecha. Clac, está abierta, la empujas y el alivio que sentís es inmenso, hasta incluso sentís el brote de la felicidad. Vas a dar el paso para salir de ahí pero algo te detiene y no es el que tengas los pies desnudos, si no que los demonios no mueren.
“Es 29 de diciembre ¿Te la pasaste bien?”
Hay una mano sobre tu hombro y la conoces bien, también conoces ese aliento y esa voz. Te flaquean las rodillas y giras el cuello para verlo. Es uno de ellos y está vivo, te está limpiando las lágrimas y sabe cómo va a consolarte.

FIN

***
bueno, esto es lo que escribí para el aniversaaaaaariioooooo de un año de este blojcito y no me lo puedo creer. Dudo que esta cosa haya aliviado su abstinencia de entradas de este blog e_e... la idea principal era que tenga un final feliz pero después me arrepentí, sorry not sorry.
Se despide... Daniel... (otro nombre ma' pa' la lista)


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