Con el dedo
en el gatillo, cargaste y disparaste.
Pero no sin
antes hacer los preparativos. Un disco al tope de screamos una recopilación de
tus canciones favoritas. Y la carta… escrita en los nombres de archivo de cada
una de las canciones recopiladas, dudaba que lo vayan a encontrar alguna vez
pero no te importaba demasiado. Desordenaste tu cuarto con extremo cuidado y
armaste tu cama impecablemente. Cerraste las cortinas y dejaste la mochila en
el medio de todo el desastre, sobre un pedestal, para que se enteren que
gracias a ellos habías comprado tu muerte.
Cargaste de
nuevo. En una de tus manos sostenías el control remoto del equipo de música.
Disparaste. Se oyeron los apresurados pasos en la escalera. Los vidrios cayeron
al suelo y la cortina ganó un agujero.
Empezaron a
gritar. Disparaste de nuevo, gritando. Más vidrio.
El disco
empezó a girar sobre su eje, dándole fin al acto.
Q.e.p.d
“Sonrió hasta el último momento”